Una labor.

Desde Punta Gallinas hasta el Amazonas hemos vivido más de cincuenta años un conflicto cada vez peor, donde las cabecillas se encargan de destruir a gente inocente, y los jefes de estado nos confunden con mayor frecuencia. La autoridades están convencidas de que son parte del cambio, de un país más seguro, pero es todo lo contrario, la policía y uniformados lo que hacen es decorar el pavimento y espacio público, denigrando este último término.

La inconformidad y los intereses son pan de cada día, las redes sociales se han convertido en el formulario para denunciar cualquier hecho y la ciudadanía se ha encargado de formular hasta el más mínimo acontecimiento, a nivel nacional e internacional. Sin embargo, lo que nos compete ahora es toda la telaraña del conflicto armado y el papel de los medios, la información, la desinformación y la acción de los periodistas en el campo, mesas de conversación, pueblos y redes.

Según el periódico El Tiempo, han sido asesinados 140 periodistas entre 1977 y 2013. Para RSF, “muchos de estos periodistas fueron víctimas de su afán de denunciar las violaciones a los derechos humanos, el crimen organizado, la corrupción y las injerencias”, en el periódico El Espectador, y las amenazas en 2014 fueron 1846. Este tipo de manifestaciones aparte de violento, claramente, es la reacción de testigos e involucrados molestos, quienes evidentemente le dan la razón a la verdad y el desvelamiento de la realidad en muchísimos casos.

La comunicación social y el periodismo, hacen en conjunto el trabajo de difundir la información, con el objetivo de que sea clara, inmediata y veraz. Para nadie es un secreto que muchos medios de comunicación se encuentran controlados por unos intereses, que aunque no le dé tanta credibilidad y a veces sean imparciales, muestran las diversas magnitudes de la situación desde el controlador ,o se insinúa a través de lo que se expone lo que se oculta.

La tarea en Colombia es muy complicada, ya que los diálogos de “paz” parecen más diálogos y pantomimas que acciones y castigos, la libertad de prensa y libre expresión es cada vez más esclava de lo que calla y otorga. Aunque, son también mayoría los inconformes, quienes desde cualquier pueblito reportan el hecho, cada vez son más los estudiantes que en constante formación apuntan a la realidad narrada, de tal manera que no se escriba lo que se quiera leer sino lo que es necesario saber. Dejando a un lado los obstáculos corruptos y el circo político, la memoria debe permanecer y reescribirse para sostener el presente desde las coyunturas nacionales, exigencias sociales, diagramas geográficos y patrones culturales, fortaleciendo las denuncias (de cualquier tipo y formato), el pasar la voz y el escuchar las que son opacadas.

Elliott Erwitt

Foto: Elliott Erwitt

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